Qué hacer cuando te mira el Ojo de Sauron (o cómo tomar mejores decisiones)

El jueves 3 de julio tuve una experiencia inquietante. Viví, durante el corto plazo de tiempo de 10 minutos, un viaje en el tiempo (pero sin agujero de gusano mediante); me sentí como si fuera un personaje de serie o película de ciencia ficción. En cuestión de segundos el verano dió paso al invierno.


by AngelsWings copia


Para los que sigáis la serie "Juego de Tronos", imaginar estar en el cálido continente de Essos (por donde se mueve la rubia de los dragones, Daenerys) y que de repente apareciéseis en El Muro (con un frío de narices, todo congelado -sí, congelado- a tu alrededor y un mal rollo latente en el ambiente). Si no vi a John Snow delante de mi surrando al viento "The winter os coming"... fue de milagro (y porque esto me pasó a las cuatro de la tarde y llevaba un café en el cuerpo, que si no...). El cielo, de color azul, se transformó en una masa oscura -más bien negra- y amenazante, al más puro estilo territorio de Mordor en "El Señor de los Anillos". Sin duda, el mal estaba sobre mi cabeza y el Ojo de Sauron miraba al polígono industrial de Julián Camarillo. Solo que en vez de fuego destructor cayó la mayor y más absurda (para los profanos; los compañeros "del tiempo" tendrán una explicación metereo/lógica para todo esto) de las tormentas de granizo que he tenido la desgracia de vivir; porque, qué necesidad... ¿no?

 

Me pilló en el coche, en carretera, y fue tal la intensidad y cantidad de granizo que cayó en tan poco tiempo que me quedé sin visibilidad y atrapada por el hielo (hielo en julio, ¡de verdad! insisto: qué necesidad....). Hubo unos minutos de tensión porque pasé, en cuestión de segundos, de ir conduciendo normal a no ver absolutamente nada y que las ruedas patinaran. Me tocó tomar una decisión exprés: o parar el coche y poner los warning, o seguir a dos por hora y salir de la zona de tormenta; en cualquiera caso, sin saber si me estamparía  con el vehículo que hubiera delante si seguía, o si al parar me "comería" a mí el coche que viniera por detrás.


Suena exagerado para quienes no lo vivistéis, lo sé, y mi entorno más cercano sacó alguna que otra sonrisilla cuando conté mi batalla épica... hasta que vieron las fotos del momento que hizo una compañera (la del coche es de otro madrileño), y aceptaron "drama" como "animal de compañía" para siempre.  :)



TOMAR DECISIONES EN MOMENTOS COMPLICADOS


Os cuento esta historia porque es la primera vez que he experimentado de manera tan palpable o física, la falta de control (y confío en mantener el umbral de la desgracia siempre así de bajo). Quiero decir, el no tener ningún poder para controlar una situación o acontecimiento (si mamá Gaia dice que truene o hiele en verano, poco puedo interceder yo para cambiarlo), pero estar obligada a la vez por dicha situación a tomar una decisión de urgencia. O sigo o me paro. Por supuesto, las consecuencias de la decisión en este caso no eran precisamente a vida o muerte, sino una bobería. Viajaba a 30 km por hora y el peor de los resultados posibles habría sido choque, abolladuras, partes, taller. Mucha molestia, daños secundarios.


Pero, como nunca sabemos cúando va a mirarnos el Ojo de Sauron, es mejor estar preparados para tomar decisiones efectivas.

 

Sobre esto mismo trata el libro del talentsolucionador Jonah Lehrer: "Cómo decidimos. Y cómo tomar mejores decisiones" (Paidós).


Uno de los apartados del libro habla en concreto sobre cómo conservar el aplomo cuando uno ha perdido el control. Lehrer dice que la capacidad para supervisarse uno a sí mismo, para ejercer la autoridad sobre el propio proceso de toma de decisiones, es una de las facultades más misteriosas del cerebro humano. Por lo visto, este tipo de estrategema mental se llama  "control ejecutivo", pues los pensamientos van de arriba a abajo, como un CEO de una empresa dando órdenes. Este proceso de pensamiento proviene de la corteza prefrontal. Parece ser que este área del cerebro está conectada con todo. En palabras de Lehrer: "la corteza prefrontal no sólo es el líder de la banda del cerebro, que dicta una orden tras otra. Presenta también una versatilidad excepcional. Mientras casi todas las regiones corticales están afinadas con precisión para tipos específicos de estímulos, las células de la corteza prefrontal son muy flexibles. Pueden procesar cualquier clase de datos que se les diga (...). El resultado final es que la corteza prefrontal permite analizar conscientemente cualquier tipo de problema desde todas las perspectivas posibles".


¿PODEMOS MANEJARLO?


Porque de nada sirve la teoría si no somos capaces de controlar y trabajar con éste área cerebral ante momentos de estrés o tensión. ¿La buena noticia? Que sí, por supuesto. "Todos podemos utilizar el control ejecutivo para pensar en el viejo problema de una forma nueva. En vez de responder a hechos evidentes, o a los que las emociones juzgan más importantes, el individuo es capaz de concentrarse en los hechos que pueden hallar la respuesta correcta".


Nuestro talentsolucionador pone como ejemplo el caso de los pilotos del vuelo 232 de United Airlines con destino Chicago, que como recordaréis, se estrelló en Iowa pero, gracias a la destreza de éstos, se salvó la mayor parte de los viajeros. Como dice Lehrer: "lo más destacable de la actuación de los pilotos es que lograron mantener a raya sus emociones". Haynes (piloto) nunca dejó que su miedo se convirtiera en pánico, matuvo la calma... porque utilizó la corteza prefrontal para manejar sus emociones.  "Cuando nos topamos con un problema no experimentado antes -explica-, cuando las neuronas dopaminérgicas no tienen ni idea de qué hacer, es esencial intentar no prestar atención a las sensaciones. Los pilotos llaman a este estado "calma deliberada", pues permancer tranquilo en situaciones de fuerte presión requiere un esfuerzo consciente".


Pese a lo que generalmente creemos, confiar en estos casos  en los instintos es un error fatal. Mejor, escuchemos nuestra "memoria de trabajo" (los conocimientos que ya llevámos en nuestra mochila) y dejemos que la parte racional de nuestro cerebro tome la decisión.  Y que el petardo de Mordor mire para otro lado.

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